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Poeta José Martiniano Paredes

En mis días atardecidos

A mi hija Maricel

Aunque estoy en el tiempo que señala
el promedio normal de nuestra vida,
veo todas las cosas,
con espíritu sereno
y optimista.

Algunas son solo proyectos. Esperanzas.
Sueños que siguen aguardando todavía
y antes de ser motivos de ansiedad,
me proporcionan la recóndita alegría
del destino
o la suerte
de ser feliz con el sol de cada día.

Tengo, principalmente,
esa gracia infinita,
de contar con una buena esposa
y todo lo que conforma una familia.
Dimos todos, por ella,
nuestras mejores energías,
para cumplir con Dios
y con el mandato supremo de la vida.

Los hijos y los nietos,
puedo nombrarlos con legítima alegría.
Debo decir. Soy un hombre común.
Carezco de poder, de fortuna
y de sabiduría.

Trabajé y elaboré sueños,
como la mayoría.
Reí con el contento desbordado
de la dicha,
y lloré amargamente,
en las horas sombrías.

Entre sudores e ilusiones,
se repartieron con equidad mis días.
Gusté de la inutilidad de la belleza
en la poesía.
Y no puedo decir:
mi vida está cumplida,
cuando tenemos mucho por hacer
y debemos ser de la partida;
mientras nos necesite la paz
o la justicia,
o algo para hacer en bien de otros,
aunque la ayuda sea mínima.

¡Sé que esta aspiración estará conmigo
hasta el último minuto de la vida!

Rostro de América – 1986 –

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