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Poeta José Martiniano Paredes

A un carrero riojano

Tres mulas tiran un carro
desvencijado, ruidoso,
que ya se aleja del pueblo
entre una nube de polvo.
Va castigando las bestias
con su látigo sonoro,
un mozo rudo, atezado…
¡Miradle bien en el rostro
el sufrimiento pintado
y la bondad en los ojos!
Anudado al cuello lleva
siempre un pañuelo terroso,
cuyas puntas le revuelve
el viento sobre los hombros.
Melancólico, sencillo,
recatado como pocos,
es su desgracia y riqueza
su corazón generoso.
Recorrerá siete leguas
por caminos polvorosos.
Pasados tres días largos
recién será su retorno.
No le acobardan los fríos
ni los días calurosos.
¡En su contextura hay fibra
de quebrachos y algarrobos!
La provisión de camino
-azucar, yerba, los pocos
y duros panes de siempre-
envuelta en un lienzo tosca
lleva atada a una baranda
del viejo carruaje sórdido.
¡Con los tumbos y vaivenes
parece un péndulo loco!
Tristones campos riojanos
-jarillales, algarrobos-
oscura tierra reseca
soledad, pobreza, polvo.
Restalla sonoro el látigo
sobre los cansados lomos
de las bestias sudorosas
como un extraño rezongo.
Rechina y rechina el carro
en un vaivén de beodo.
Pronto será en la distancia
solo una nube de polvo
que irá disipando el viento
poco a poco, poco a poco…
Pobre carrero riojano,
Humilde, callado estoico.
¡Yo comprendo tu dolor,
tu dolor íntimo y hondo!

Rioja de mi canto – 1953 –

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